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17 oct 2012

El Conflicto. Su manejo.


El conflicto es un motor del cambio: enciende la creatividad, estimula la innovación y fomenta el desarrollo personal.

1- Ambivalencia frente al conflicto

El conflicto interpersonal es una parte esencial y está siempre presente en la vida de las organizaciones. Una de las principales causas de fracaso en los negocios es que entre los altos directivos de la empresa exista demasiado acuerdo. Muchas veces sucede que estos directivos tiene entrenamiento y experiencias similares, lo cual significa que tienden a ver las cosas de la misma forma y a perseguir metas similares.

Las organizaciones en las que existen pocos desacuerdos en los asuntos importantes por lo general fracasan en ambientes competitivos.

La ausencia de desacuerdo a menuda es vista por los directivos como un signo de buen liderazgo, cuando en realidad el conflicto es el motor del cambio, enciende la creatividad, estimula la innovación y fomenta el desarrollo personal.

Según Andrew Gore, ex presidente de Intel: “… En Intel creemos que está en la esencia de la salud corporativa manifestar un problema en forma abierta tan pronto como sea posible, incluso si esto lleva a la confrontación. Enfrentar los conflictos es el corazón del manejo de todo negocio…”.

Sin embargo, hay pruebas también de que el conflicto muchas veces produce resultados dañinos. Por ejemplo, algunas personas tiene muy baja tolerancia para el desacuerdo por características personales, culturales o familiares.

Asimismo, algunos tipos de conflicto, sin importar la frecuencia, por lo general producen resultados disfuncionales.

A pesar de estas observaciones, el conflicto produce en las personas sentimientos encontrados. Maslow observó un alto grado de ambivalencia frente a él. Por un lado, los directivos aprecian racionalmente el valor del conflicto: están de acuerdo con que es un ingrediente necesario del sistema de libre mercado. Pero, por otro lado, sus acciones demuestran una preferencia por evitarlos siempre que sea posible. Se produce, entonces, una tensión entre la aceptación intelectual del conflicto y el rechazo emocional a éste.

Muchas veces esta ambivalencia hacia el conflicto radica en la falta de entendimiento de las causas del conflicto y el desconocimiento de las formas para manejarlo, así como la falta de confianza en las habilidades personales para manejar un ambiente tenso y cargado emocionalmente.

Es natural que una persona sin entrenamiento evite las situaciones amenazantes. En general, hay acurdo en que el conflicto representa una de las pruebas más difíciles en las habilidades interpersonales de un directivo.


2- El conflicto

Todo conflicto es fundamentalmente contradicción, discrepancia, incompatibilidad, antagonismo.

Los interpersonales, constituyen un aspecto natural e inevitable de la vida.

El origen de estos conflictos interpersonales se produce en las diferencias entre los individuos. Cuando las personas trabajan juntas para lograr metas comunes o participan en la división del trabajo o tienen roles complementarios tales como “jefe-subordinado”, “profesor-alumno”, y dependen de los recursos de cada uno, es muy probable que surja una tormenta

Las personas son interdependientes: cuando se relacionan, lo que cada uno hace influye en lo que hace el otro. Pero al mismo tiempo, cada persona tiene diferentes perspectivas, metas y necesidades. La combinación de interdependencia, junto con la diferencia de perspectivas, hace que sea inevitable el conflicto.

Para comprender los conflictos de intereses es importante entender lo que son las necesidades, deseos, metas e intereses. En base a las necesidades y deseos fijamos nuestras metas. Una meta es un estado ideal por el cual trabajamos para alcanzarlo.

Ocurre que las metas de distintas personas son interdependientes, y se puede dar que estas metas sean de interés común o que se opongan.

Hay veces en que los intereses, que son los beneficios potenciales que se logran al alcanzar las metas, no son congruentes, y otras veces, están en conflicto.

Existe conflicto de intereses cuando las acciones de una persona para intentar alcanzar sus metas impiden, bloquean o interfieren con las acciones de otra persona que también trata de alcanzar sus metas.

Pese a la ansiedad que generan los conflictos, no se justifica la connotación negativa que suele acompañar al concepto, porque conflicto es asimilable a movilidad, avance, motor de conductas nuevas.

Si no surgieran obstáculos en el camino hacia objetivos-meta, no se inventarían procedimientos originales para alcanzarlos.

Cuando las metas son comunes se puede entablar una relación de colaboración, pero cuando éstas se oponen se genera una relación de competencia.

Para que los conflictos promuevan el crecimiento y abran, de manera creativa, vías imaginativas de acción, el sujeto no ha de escudarse en defensas rígidas, sino disponerse a enfrentar en forma abierta y flexible sus crisis.

Es común que los conflictos, al ser enfrentados por agrupaciones humanas, hagan nacer en cada una de las partes una cohesión grupal que algunos autores consideran entre los  beneficios de los conflictos.

Cuando se trata de una comunidad, por ejemplo, suelen crearse lazos de solidaridad y de colaboración entre sectores antiguamente hostiles entre si.

Otra fuente de conflicto proviene de la incompatibilidad de roles. A menuda, las diferencias personales que los miembros traen a las organizaciones permanecen como conflictos potenciales hasta que se les asigna responsabilidades interdependientes.

Una razón por la que las personas perciben que sus funciones son incompatibles se basa en las diferencias en la información. Un mensaje importante puede no recibirse, las intervenciones del jefe pueden ser malinterpretadas, o los encargos de tomar una decisión pueden llegar a conclusiones distintas debido a que usan otra base de datos.

Estos conflictos que radican en las diferencias personales y en la incompatibilidad de funciones se ven aumentados en gran medida por el estrés ambiental. Por ejemplo, cuando una organización es forzada a operar con un presupuesto bajo, es más probables que sus miembros se vean envueltos en discusiones sobre requerimientos de recursos y reivindicaciones de las áreas en competencia.

Si los objetivos fuesen considerados asequibles para todos no se daría el conflicto; las predisposiciones marcadamente competitivas influyen en que estas ocasiones nos e advierta o no se considere la posibilidad de compartir. La escasez tiende a disminuir la confianza y aumenta las probabilidades de incubar un conflicto.



3- El dolor emocional en las organizaciones

Cuando se pregunta en las organizaciones cuáles son las emociones más frecuentes en su lugar de trabajo, las personas contestan sin lugar a dudas: la rabia y el miedo. Como todos sabemos, estas dos emociones producen mucho dolor y no llevan precisamente a una mayor productividad.

Para algunos autores, lo que transforma el dolor en algo tóxico es la respuesta que habitualmente recibimos frente a situaciones conflictivas siempre presentes en las organizaciones.

Sin embargo, a pesar de lo común que son estas emociones dolorosas y los efectos negativos que tienen sobre las personas y los resultados, nadie quiere tocar estos temas. La discusión sobre las emociones y lo doloroso de algunos conflictos tiende a ser visto como “debilidad”.

Peter Frost, en “Toxic emotions at work”, describe el papel que juega la compasión en las organizaciones y la importancia que tiene saber manejar aquellas emociones tóxicas en el lugar de trabajo.

El origen de este ambiente en general proviene de directivos abusadores, políticas poco razonables de la empresa, colaboradores o clientes perturbados o cambios organizacionales mal manejados.

El costo de la frustración y la rabia de los empleados puede ser muy dañino. Cuando las personas piensan que han sido maltratadas (especialmente por sus supervisores) pueden hacer mucho daño –venganza, sabotaje, robos, vandalismo, rumores- tratando de “empatar” con la empresa.

Las emociones, siempre van a estar presente. Lo que hace la diferencia es la respuesta humana al dolor. Esto determinará que en algunos casos se transforme en una experiencia tóxica para todos lo que sea capaz de generar cambios saludables.

Una persona que se encuentra emocionalmente abusada por su jefe, o con amenazas de despido, o se ha enterado que tiene cáncer, se sentirá secuestrado por la emoción antes de tener la posibilidad de pensar y sin posibilidades de continuar con un trabajo creativo.

La falta de compasión, la incapacidad o falta de voluntad para empatizar con la petición de otro daña cualquier tipo de relación. Eso lleva a la desesperanza y desvincula a la persona de la comunidad. Por este motivo es que la respuesta de los demás es tan fundamental.

Por el contrario, cuando el dolor emocional es bien manejado, se observa la disposición a volver a situaciones que pueden ser dolorosas y se tiene la fuerza para enfrentarlas. En estas situaciones se puede tener sentimientos de satisfacción y orgullo, si uno sabe que el dolor es un precio necesario de pagar para obtener resultados mejores en el largo plazo.

Y cuando las emociones que son inevitables, como la frustración o desesperación, afloran, el líder del equipo necesita reconocer la necesidad de intervenir y tratar con el dolor adecuadamente.

Para Hallowell, el momento humano tiene dos prerrequisitos: la presencia física y la atención emocional e intelectual. El ser capaz de dar estos momentos de humanidad implica comprometerse con su tiempo y energía, a veces con cinco minutos de conversación puede bastar.

Todos podemos hacer este papel, pero los que se encuentran en mejor posición para extender estos momentos humanos son los líderes de una organización. Una respuesta compasiva de parte de un líder tiene un poder enorme, les señala a otros que sus esfuerzos, aun cuando fracasen, tendrán una respuesta de comprensión que los anime a seguir.

Texto Guía: Inteligencia Emocional en el Liderazgo, Nureya Abarca, El Mercurio / Aguilar.

Fuente: Curso: Inteligencia Emocional para el Liderazgo Efectivo, 14-09-2008, clase 08 de 10.

Fuentes de la Influencia


Influir consiste en conectar conductas vitales (esenciales para producir un cambio) con motivos intrínsecos y hacer coach en relación a los elementos específicos de cada conducta hacia una práctica deliberada.


Motivación
Habilidades
Personal
Hacer deseable lo indeseable
Sobrepasar los límites personales
Social
Promover la presión social
Encontrar fuerza en la cantidad
Estructural
Diseñar sistemas de reconocimiento y contabilidad
Cambiar entorno

Motivación Personal
Básicamente se trata de hacer satisfactoria la conducta esperada o indeseable la conducta que se busca evitar. ¨
Cómo: Crear nuevas experiencias reales o vicarias. Cualquier actividad puede enganchar si escomo un juego: tiene objetivos desafiantes, reglas claras y feedback frecuente. Cuando una persona alcanza sus estándares personales se siente validada y plena.
Clave:
ü  Ayudar a las personas a ver sus elecciones como pruebas morales o momentos de definición personal y mantener esta perspectiva a pesar de las distracciones y el estrés.
ü  Reemplazar el juicio con empatía y dictados con preguntas abiertas y no directivas.
ü  Ayudar a ver qué es lo más importante, qué cambios requiere su vida para vivir de acuerdo a sus valores
ü  Ayudar a que personas descubran por sí mismo que deben hacer y hacer los cambios necesarios
ü  De esta forma, todos se sienten parte de algo especial, de una tarea moral, porque se les permite escoger
ü  La posibilidad de decidir entrega el poder de un corazón comprometido

Habilidades Personales
Clave: Mantener atención lejos de gratificación inmediata y en el objetivo de mayor nivel.
Cómo:
ü  Práctica deliberada con completa atención en breves períodos.
ü  Retroalimentación inmediata en relación a estándares claros
ü  Reemplazar objetivo de largo plazo por objetivo de corto plazo
ü  Preparase para retrocesos (construir resiliencia)
o   Incrementar esfuerzo, persistencia
ü  Construir habilidades emocionales

Motivación Social
Qué: Asegurarse de que la gente se sienta felicitada, emocionalmente apoyada y animada por quienes la rodean cuando realiza una conducta y hacer que la gente se sienta temerosa o socialmente sancionada si realiza la conducta no deseada. La variable que más afecta la conducta de una persona es la presencia de otra persona.
Cómo: A través de líderes de opinión, normas compartidas, cultura de apoyo. Cuando una persona respetada realiza una conducta vital y tiene éxito, este solo hecho puede motivar a otras cambiar más que cualquier otra fuente de influencia. Apoyarse en “early adopters”, que son innovadores, pero cuentan con redes sociales y son respetados. Estos son los líderes de opinión. Hay que escucharlos y construir redes de confianza con ellos. Los líderes de opinión: saben del tema, son confiables y son generosos con su tiempo. Es clave la frecuencia en la interacción del líder de opinión y sus seguidores. El deseo de ser aceptado, respetado y mantener conexiones es el que empuja los corazones.

Habilidades Sociales

Qué: Existe un gran poder en el capital social. Para eso, se debe crear equipos, con integrantes co-responsables del producto total, establecer redes de relaciones que entreguen apoyo social.
Cómo: Convertir un “me” problema en un “we” problem.
Claves: Crear interdependencia, cooperación, colaboración. Promover la novedad, el riesgo, el feedback inmediato y la solidaridad grupal.

Motivación Estructural

Qué: diseñar sistemas de recompensas y exigir contabilidad. La recompensa es el tercer camino. Primero vienen la conexión con la satisfacción de intereses personales, segundo la conexión con el apoyo social y tercero las recompensas. Las recompensas no necesitan ser grandes. Necesitan ser simbólicas.
Cómo:
ü  Recompensar conductas, no resultados
ü  Recompensar conductas correctas y resultados correctos
ü  Dar a conocer cuál es el castigo por realizar una mala conducta (aclarar la amenaza)

Habilidad Estructural

Qué: cambiar el entorno: físico, procesos, procedimientos, diseño del trabajo, estructuras de reporte.

10 jul 2012

How to Get Feedback When You're the Boss

by Amy Gallo  |   9:55 AM May 15, 2012
Harvard Business Review
Source: http://blogs.hbr.org/hmu/2012/05/how-to-get-feedback-when-youre.html?cm_sp=blog_flyout-_-hmu-_-how_to_get_feedback_when_youre


he higher up in the organization you get, the less likely you'll receive constructive feedback on your ideas, performance, or strategy. No one wants to offend the boss, right? But without input, your development will suffer, you may become isolated, and you're likely to miss out on hearing some great ideas. So, what can you do to get people to tell you what you may not want to hear?
What the Experts Say
Most people have good reasons for keeping their opinions from higher ups. "People with formal power can affect our fate in many ways — they can withhold critical resources, they can give us negative evaluations and hold us back from promotions, and they can even potentially fire us or have us fired," says James Detert, associate professor at the Cornell Johnson Graduate School of Management and author of the Harvard Business Review articles "Debunking Four Myths About Employee Silence" and "Why Employees Are Afraid to Speak". The more senior you become, the more likely you are to trigger this fear. "The major reason people don't give the boss feedback is they're worried that the boss will retaliate because they know that most of us have trouble accepting negative feedback," says Linda Hill, the Wallace Brett Donham Professor of Business Administration at Harvard Business School and coauthor of Being the Boss: The 3 Imperatives for Becoming a Great Leader. While you may be tempted to enjoy this deference, the silence will not help you, your organization or your career.

Acknowledge the fear 
As the boss, you have to set the stage so people feel comfortable, says Hill. You need to break through their fear. Detert suggests being explicit. Tell them that you know everyone makes mistakes, including you, and that they should call out those errors without feeling embarrassed or threatened. Explain that you need their feedback to learn.

At the same time, you should recognize how hard it might be to hear this tough feedback. "It's human to feel bad when people criticize and no matter how senior you become, you're still human," Hill says. Still, you can't let that anxiety hold you back.
Ask for it, constantly
Ask for feedback on a regular basis, not just at review time. "You need to be the one who is actively collecting and soliciting information all the time," says Hill. You can say something like, "I know that these are the goals that we set together. What can I do to help you achieve those goals?" You shouldn't assume your team members will be upfront the first time you ask. "You have to do it for awhile and then the information will flow and you can ask more pointed questions," says Hill.

Request examples
In the same way that you want to give concrete examples when giving feedback, you should also request them when you are receiving it. When someone tells you, "You run our team meetings really well," or "You don't delegate enough," follow up by asking for an example. This allows you to better understand the feedback and ensures that what you're hearing is true. "I tend to think the more people can back up their assertions and input with concrete examples or numbers, the more it's probably honest," says Detert.

Read between the lines
Of course, you may not get honest feedback all the time. But it's your job to figure out what problems people are trying to help you identify. You may need to triangulate between several points of feedback. Hill suggests, for example, that you ask five or six people the same question. "You're trying to collect the data so you can you go back and put the story together about the impact you're having," she says. Detert agrees about casting a wide net: "If nothing else, it'll help you figure out whether there are gaps and inconsistencies in what you're hearing, and what you might need to do about it."

Act on it
If someone is brave enough to give you input, recognize it. "People hate feeling that speaking up was a complete waste of time," says Detert. "You have to actually thank people for doing it, and other employees have to see those people get promoted rather than fired or shunned." Show everyone that you receive feedback well and can change your behavior as a result. These examples will turn into "urban legends," encouraging more people to give you constructive feedback.

Find a few trusted people
If you suspect that most people in your organization aren't going to be honest with you, or feedback is just not part of the culture, Detert suggests finding one or two people you trust to tell you the truth. It could be someone on your team, a peer, a mentor, or a coach. Whoever it is, be sure he or she has access to the right data and is able to talk to the people who interact with you on a daily basis. Don't just turn to confidants who will tell you what you want to hear.

Start anonymously
It can be hard to get people to open up. One way to get around this is by doing a 360-degree review or using a coach to gather feedback anonymously. But then you should respond to it. According to Hill, if you talk openly about what you've learned it sends a signal that you're open to hearing criticism. "Once you've done that, people are more comfortable telling you to your face," says Hill. She shares the example of Vineet Nayar, the CEO of HCL Technologies, who posted his own 360-degree feedback on the company intranet and encouraged his senior team to do the same. It was a bold move, says Hill, but the result was that people felt much more comfortable giving Nayar feedback directly when they knew he took it seriously.

Principles to Remember
Do:
  • Always say thank you and explain how you'll respond to the feedback you've heard
  • Turn to a few people you trust who can tell you what others really think about your performance and ideas
  • If you think people won't open up, start by gathering feedback anonymously to show them you're receptive
Don't:
  • Wait for review time to ask for input
  • Assume you are going to get 100% honest feedback, especially at first
  • Rely on one source for feedback — triangulate between several points of data

Case Study #1: Find a champion on your staff
Michael Green, the founder and executive director of the Center for Environmental Health, knows that it's tough for his team — 23 full-time employees and another handful of interns — to give him candid feedback. "When I founded the organization 16 years ago, one of my board members told me that I needed to be aware of my privilege and position of power," he says. Since he knows that people take a risk whenever they do give him input, he is sure to respond appropriately. "Whenever possible, you have to do what they ask to prove that you're listening. You need to develop relationships with people so they know they can tell you the truth without getting anyone in trouble," he says.

He also takes every opportunity he can to tell his staff that he's open to feedback. In meetings, he regularly says, "If there's anyone who wants to talk with me about this offline, please do. You can also talk to Charlie about it." Michael relies on Charlie, the organization's associate director, to be candid with him and to serve as a sounding board for the staff. Michael knows that wouldn't work if employees perceived Charlie as "Michael's guy." Rather, the team sees him as an impartial leader who will give Michael their feedback, without naming names, and keep things to himself when it's appropriate. "They trust his judgment to know what to tell me. And I'm sure he doesn't tell me everything," Michael says.
He also says he encourages feedback by giving it. "There's nobody you can't find praise for, even an underperformer," he says. "When they get regular, positive feedback they feel like they are part of a team and they are willing to tell you more."

Case Study #2: Make feedback fun
Sunita Malhotra, the managing director of People Insights, a coaching and consulting firm based in Belgium, has earned the nickname "feedback monster." Thanks to a formative experience in her teens (a friend told her that her tone of voice was too sharp), she now goes out of her way to solicit opinions from colleagues and subordinates. "If someone doesn't tell you, you don't know," she explains. At first, she thought it would be easy. "I just thought people would walk into my office and tell me what they thought," she says. But she discovered that, as a boss seeking feedback, she needed to be quite deliberate. As head of human resources for the European division of a global company overseeing 7,500 people, she made three promises to anyone who joined her team:

  1. She would always give positive and constructive feedback.
  2. She always wanted feedback.
  3. They would all try to have fun.
Sunita also solicited feedback in all her meetings. Whether they were one-on-ones with her 20 direct reports, larger staff meetings, or sessions with internal customers, there were always five minutes set aside on the agenda to gather input. "My aim was to create a feedback culture," she says. And it worked. Eventually, people stopped waiting for the designated time in the meetings and gave her input in real time. For those who were more hesitant, she used humor. Each person on her team was given a set of green, yellow and red cards — to reward or penalize behavior as a referee would in a soccer match. For example, if someone was listening well in a team meeting, a colleague lays a green card on the table and explains why. Similarly, if someone interrupted a co-worker, a third person would call out the behavior with a red card. Sunita made it clear she expected to get as many yellow and red cards as she deserved.

3 jul 2012

El estilo de toma de decisiones del ejecutivo experimentado

Fuente: Harvard Business Review

por Kenneth R. Brousseau, Michael J. Driver, Gary Hourihan y Rikard larsson
Marzo 2006



Nuevas investigaciones muestran que los altos ejecutivos analizan los problemas y responden a ellos de maneras muy distintas a las de sus colegas de menor rango. Aquellos cuya forma de pensar no evolucione podrían no ascender.


El trabajo de un ejecutivo es, ante todo, tomar decisiones. En un momento cualquiera de cualquier día, la mayoría de los ejecutivos está envuelto en algún aspecto de la toma de decisiones: intercambiando información, revisando datos, buscando nuevas ideas, evaluando alternativas, implementando directivas, haciendo seguimiento. Sin embargo, aunque los ejecutivos en todos los niveles deben desempeñar el papel de tomadores de decisiones, la forma en que un ejecutivo exitoso aborda este proceso cambia a medida que escala posiciones en la organización. En los niveles más bajos, el trabajo es sacar los productos al mercado (o, en el caso de los servicios, solucionar fallas en el momento). La capacidad de acción cobra un alto valor. En los niveles superiores, el trabajo involucra tomar decisiones sobre qué productos o servicios ofrecer y cómo desarrollarlos. Para ascender por la escalera corporativa y desempeñarse con eficiencia en nuevas funciones, los ejecutivos deben aprender nuevas habilidades y comportamientos; es decir, deben cambiar la forma en que utilizan la información y la forma en que crean y evalúan alternativas. De hecho, en nuestro coaching ejecutivo hemos observado que ponerse a tomar decisiones como alto ejecutivo antes de tiempo puede sacar a un ejecutivo medio ambicioso de la vía rápida de ascenso. Igualmente destructivo es seguir actuando como un supervisor de primera línea luego de ser promovido a la alta dirección.

Nuestra exhaustiva investigación sobre las razones detrás del éxito y del fracaso ejecutivo confirma cuán consistente es el cambio en los estilos de toma de decisiones a lo largo de la carrera de los ejecutivos exitosos. Examinamos una base de datos de más de 120.000 personas para identificar las cualidades y conductas de toma de decisiones asociadas al éxito ejecutivo, y descubrimos que los estilos de decisión de los buenos ejecutivos evolucionan según un patrón predecible. Afortunadamente, aquellos en dificultades pueden volver a la senda correcta simplemente reconociendo que no han sido capaces de abandonar viejos hábitos, o que se apresuraron en pasar a una modalidad ejecutiva.





Definiendo los estilos de decisión


Antes de analizar los patrones, conviene definir los estilos de decisión. Hemos observado que los estilos de decisión difieren de dos maneras fundamentales: cómo se utiliza la información y cómo se crean alternativas. Cuando se trata del uso de la información, algunas personas prefieren ponderar grandes cantidades de datos antes de tomar cualquier decisión. En la literatura de gestión, se denomina a estas personas “maximizadores”. Los maximizadores no descansan hasta estar seguros de que han encontrado la mejor respuesta posible. El resultado es una decisión bien informada, pero podría tener un costo en términos de tiempo y eficiencia. Otros ejecutivos sólo buscan los datos clave; son capaces de formular hipótesis rápidamente y de ponerlas a prueba sobre la marcha. En este caso, la literatura toma prestado un término del economista del comportamiento Herbert Simon: los “satisfactores” están listos para actuar tan pronto como poseen la información suficiente para satisfacer sus requerimientos.

En cuanto a la creación de alternativas, quienes toman decisiones con un “foco único” creen firmemente en seguir un solo curso de acción, mientras que sus contrapartes con un “foco múltiple” generan listas de alternativas posibles y podrían emprender varios cursos de acción a la vez. Las personas con un foco único concentran su energía en hacer que las cosas resulten como ellos creen que deberían ser; las con un foco múltiple, en adaptarse a las circunstancias. 

Utilizando las dos dimensiones de uso de la información y foco, hemos creado una matriz que identifica cuatro
estilos de toma de decisiones: el decisivo (poca información, un curso de acción), el flexible (poca información,
muchas alternativas), el jerárquico (mucha información, un curso de acción) y el integrador (mucha información,
muchas alternativas). (Vea el recuadro “Cuatro estilos de toma de decisiones”).

Estilo decisivo. Las personas que aplican este estilo valoran la acción, la velocidad, la eficiencia y la consistencia. Una vez fijado un plan, se apegan a él y pasan a la siguiente decisión. Al tratar con otras personas, valoran la honestidad, la claridad, la lealtad y, especialmente, la brevedad. En esta modalidad, el tiempo es oro. 

Estilo flexible. Al igual que el estilo decisivo, el estilo flexible se enfoca en la velocidad, pero aquí el acento está
puesto en la adaptabilidad. Enfrentada a un problema, una persona que opera en la modalidad flexible busca
sólo la información justa para elegir una línea de ataque, y cambia rápidamente de curso si hace falta.

Estilo jerárquico. Las personas en esta modalidad no se apresuran a sacar conclusiones. En lugar de eso, analizan una gran cantidad de información y esperan que otros contribuyan, aunque están prestas a cuestionar las opiniones, análisis y decisiones de los demás. Desde la perspectiva jerárquica, las decisiones deben resistir la prueba del tiempo.

Estilo integrador. Las personas que aplican el estilo integrador no necesariamente buscan una única mejor solución. Tienen la tendencia a enmarcar cada situación de manera muy amplia, tomando en cuenta múltiples elementos que podrían superponerse con otras situaciones relacionadas. En consecuencia, toman decisiones que están ampliamente definidas y que consisten en diversos cursos de acción. Cuando trabajan con otras personas, los ejecutivos integradores prefieren muchos aportes y están abiertos a explorar una amplia gama de puntos de vista, incluidos aquellos que son opuestos al propio, antes de sacar cualquier conclusión. Para el integrador, la toma de decisiones no es un suceso sino un proceso. 

Desde luego, las personas no caen tan nítidamente en una casilla u otra. Las circunstancias también influyen en el estilo de decisión apropiado, de modo que un ejecutivo debe ser capaz de recurrir a cada uno de los cuatro estilos. Por ejemplo, en un entorno de emprendimiento podrían no existir una historia o tiempo suficientes para permitir análisis y deliberaciones extensas. Y si bien en períodos de relativa incertidumbre podrían requerirse estilos de foco múltiple, en entornos estables suelen prevalecer los estilos de foco único.

Más aún, nuestra investigación revela que los ejecutivos toman decisiones de manera diferente cuando están en
un entorno público, donde saben que están siendo observados, que cuando están en uno privado, donde no tienen necesidad de explicar ni de justificar su proceso. Al hablar de ejecutivos, llamamos a la modalidad pública “estilo de liderazgo” y a la modalidad privada “estilo de pensamiento”. Resulta que las personas no necesariamente lideran de la misma forma en que piensan. El proceso de toma de decisiones es distinto frente a una multitud que frente al espejo. Esta distinción vale para todos los aspectos de la toma de decisiones, ya sea que la persona esté recopilando información, evaluando o presentando alternativas, o haciendo una elección final.


Kenneth R. Brousseau es el CEO de Decision Dynamics, una empresa especializada en el diseño y la aplicación de tecnologías de evaluación del comportamiento, con sede en Thousand Oaks, California. El fallecido Michael J. Driver fue cofundador de Decision Dynamics y profesor de management en Marshall School of Business de University of Southern California, en Los Angeles. Gary Hourihan es el presidente global de Leadership Development Solutions de Korn/Ferry International, en Los Angeles. Rikard Larsson es cofundador de Decision Dynamics AB, con sede en Lund, Suecia, y profesor en la Escuela de Administración y Economía de la Universidad de Lund.





Cómo evoluciona el estilo de los ejecutivos

Cuando comenzamos nuestra investigación, esperábamos encontrar que los estilos de toma de decisiones predominantes en los ejecutivos cambiaran a medida que éstos avanzaban en sus carreras. Sin embargo, los patrones que surgieron de los datos fueron aún más marcadamente definidos de lo que habríamos podido imaginar. Descubrimos que los perfiles de toma de decisiones dan un completo giro en el transcurso de una carrera: es decir, el estilo de toma de decisiones de un CEO exitoso es el opuesto al estilo de un exitoso supervisor de la primera línea. En la modalidad de liderazgo (o pública), observamos una progresión continua hacia la apertura, la diversidad de opinión y la toma de decisiones participativa a medida que los ejecutivos ascienden de rango, acompañada de una disminución gradual de los estilos más directivos y orientados al mando. En la modalidad de pensamiento (o privada), observamos una progresión hacia los estilos maximizadores –en los que un ejecutivo prefiere reunir una gran cantidad de información y analizar las cosas detenidamente– y, en los niveles ejecutivos más altos, un incremento de los estilos que favorecen un solo curso de acción (vea el recuadro “Graficar los estilos de decisión”). 

Existe una cierta lógica, así como una interdependencia, en la forma como evolucionan los dos aspectos de la toma de decisiones. A medida que se asciende por la escalera corporativa, se está cada vez más lejos del lugar donde se desarrolla la acción, por lo que es fácil perder contacto con lo que realmente ocurre en la organización. Es esencial adoptar un estilo de liderazgo que mantenga abiertos los canales de información y que permita el libre flujo de datos, para tener acceso a la mejor información y análisis. Es por ello que el estilo flexible y el integrador predominan en el nivel de los altos ejecutivos. Los canales abiertos alimentan a su vez la evolución del estilo de pensamiento, hacia uno donde los altos ejecutivos, cada vez más analíticos y ávidos de información, se enfocan en hallar la única respuesta correcta. En público, el alto ejecutivo exhibe una disposición a considerar alternativas, para así alentar a quienes lo rodean a que proporcionen información. En privado, utiliza esa información para concentrarse en una opción única o, al menos, para reducir sus opciones hasta llegar a una estrategia factible. Estos patrones en los estilos de decisión, tanto públicos como privados, se vuelven más pronunciados todavía cuando se considera sólo a los ejecutivos más exitosos, quienes son aún más abiertos e interactivos en sus estilos de liderazgo y aún más analíticos en sus estilos de pensamiento a medida que avanzan en sus carreras (vea los gráficos 2 y 5 en “Graficar los estilos de decisión”). 

¿En qué momento ocurre el gran cambio en los estilos de decisión? Nuestros datos muestran que, tanto en la modalidad pública como en la privada, los estilos tienden a agruparse tempranamente en la jerarquía ejecutiva. En algún punto entre los niveles de gerente medio y de director, los ejecutivos descubren que los enfoques que solían funcionar ya no son tan eficaces. En este punto, observamos que los estilos de los ejecutivos caen en una “zona de convergencia”, donde ninguno de ellos sobresale como más o menos utilizado que los demás. A partir de ahí, los estilos de decisión vuelven a bifurcarse, aunque en la dirección opuesta, siendo otros los estilos que prevalecen (vea los gráficos 1 y 4). 

Nuestra investigación revela que los ejecutivos más exitosos llegan a la zona de convergencia más rápidamente que los menos exitosos, y continúan ajustando sus estilos a medida que avanzan en sus carreras. Los menos exitosos parecen estancarse al alcanzar la zona de convergencia; sus estilos permanecen agrupados en lugar de evolucionar en nuevas direcciones. Pareciera ser que los ejecutivos menos exitosos, aun cuando se dan cuenta –cerca del nivel de director– de que algo ha cambiado, no pueden identificar qué es lo que deberían hacer de manera diferente. Así, intentan un poco de todo: sus estilos son directivos, pero a la vez participativos; orientados a la acción, pero abiertos a las alternativas. El 20% menos exitoso de los ejecutivos se queda estancado en esta “zona de incertidumbre”, en la que suelen permanecer durante el resto de sus carreras (vea los gráficos 3 y 6). 

El segundo nivel gerencial es un punto de transición clave en la carrera de los ejecutivos en ascenso. En los niveles inferiores, la prioridad es mantener a todo el mundo concentrado en las tareas inmediatas y en completar el trabajo. En los niveles superiores, esto ya no funciona. Los estilos de decisión comienzan a ser más un asunto de escuchar que de decir, de comprender más que de dirigir. Los ejecutivos deben abandonar su apego a los modos más duros de liderazgo –el decisivo y el jerárquico– en favor de los estilos más inclusivos, el flexible y el integrador. Se trata de un período peligroso, en el que muchos ejecutivos talentosos fracasan, ya que es natural seguir haciendo las cosas de la manera que ha funcionado bien en el pasado.

Observamos el impacto de esta transición en el caso de Jill, una ejecutiva de segundo nivel en una importante compañía petroquímica. Cuando la conocimos inicialmente, era supervisora en una planta generadora de energía de la empresa. Cuando nos reencontramos con ella, había obtenido un MBA y dirigía un departamento que funcionaba como enlace entre una unidad operativa y las oficinas centrales de la empresa. En una conversación informal, Jill nos contó que estaba disfrutando de su trabajo, ahora que había comprendido cómo hacerlo. Al principio, sus nuevas responsabilidades le habían resultado confusas y angustiosas. Pero una mañana se dio cuenta de que, aunque tenía cosas importantes que hacer ese día, ninguna de ellas debía resolverse inmediatamente. Podía tomarse un tiempo, reunir información y considerar seriamente sus alternativas. Esto contrastaba marcadamente con su puesto anterior, donde cada día debía decidir y hacer las cosas en el acto. El solo hecho de reconocer la diferencia redujo considerablemente el estrés y permitió a Jill apreciar qué cambios eran necesarios en su forma de manejar las decisiones. 

Vemos la existencia de un punto de transición secundario en los estilos de pensamiento de los ejecutivos, que se produce alrededor de los niveles intermedio y directivo. Aquí es donde el estilo integrador alcanza su cúspide, un período en que los ejecutivos deben pensar creativamente y generar una gama de ideas para ser presentadas a los niveles superiores. Más allá del nivel de director, la presión por pensar de manera exploratoria y creativa disminuye, y un pensamiento más enfocado vuelve a ser importante para el éxito. Cada vez más, los ejecutivos deben limitar sus alternativas y asignar personas y recursos hacia planes específicos. Son responsables en última instancia de sus decisiones; deben ser capaces de decir la última palabra y –en raras ocasiones– de hacerlo en el momento.


Consecuencias para los ejecutivos

La lección primordial para los ejecutivos es que no evolucionar en la forma de tomar decisiones puede ser fatal para sus carreras. Si un ejecutivo desorientado reconoce esto y corrige el curso, es probable que pueda recuperarse. Esto fue lo que le ocurrió a Jack, quien era el ingeniero jefe de una importante compañía naviera. Su puesto tenía una importancia crucial, ya que la empresa a menudo transportaba materiales tóxicos, y no era extraño que los accidentes en este sector costaran vidas y miles de millones de dólares en daños. Jack era sumamente competente en casi todo sentido; de hecho, Norm, el CEO, solía decir que podía dormir por las noches porque sabía que Jack estaba siempre vigilante para mantener la flota en perfectas condiciones y evitar fallas en los equipos. 

Sin embargo, a pesar de estas fortalezas, la carrera de Jack estaba en problemas. Tenía dificultades para lidiar con corrientes cambiantes de poder y autoridad. Norm estaba convencido de que, sin un alto grado de trabajo en equipo tanto en las oficinas centrales como en las operaciones en terreno, tarde o temprano se produciría un accidente devastador, por lo que lanzó una importante iniciativa de cambio cultural. Nosotros formamos parte del equipo que Norm reunió para esta tarea, como también el nuevo vicepresidente de operaciones, Robert. 

Jack tenía autoridad directa sobre los ingenieros que trabajan en terreno junto con los gerentes de operaciones
que reportaban a Robert. Se esperaba que estas personas tomaran decisiones en conjunto, muchas veces en el acto. Sin embargo, los informes que llegaban desde el terreno hablaban de relaciones tensas y escasa cooperación, y muchos empleados apuntaban a Jack como la fuente de los problemas. Lo acusaban de no permitir a los ingenieros de campo tomar decisiones sin antes consultar con él, aunque se tratara de asuntos poco importantes. Además, la firmes ideas de Jack acerca de cómo debían hacerse las cosas parecían entrar en conflicto con el nuevo espíritu de trabajo en equipo. Las tensiones entre Jack y Robert continuaron aumentando hasta el punto en el que casi no podían estar juntos en la misma habitación. Norm estaba dispuesto a apartar a Jck de su cargo, aunque eso significara sacrificar un cúmulo de experiencia y conocimiento. Para mantener su puesto, Jack tendría que cambiar su estilo. 

A Jack no le agradó que lo eligieran para lo que consideraba un coaching correctivo. Cuando nos reunimos con él, nos concentramos en los resultados del feedback de 360 grados que surgió del proceso de formación del equipo ejecutivo. Éste mostraba que sus colegas valoraban su capacidad para resolver problemas y gestionar la logística. Pero las calificaciones caían abruptamente cuando sus pares abordaban la capacidad de Jack para administrar relaciones y comunicarse. Jack mantuvo una actitud defensiva frente a la evaluación hasta que le mostramos un gráfico con las calificaciones promedio de otros ejecutivos cuyo estilo de toma de decisiones se asemejaba al suyo: calificaciones altas en los dos estilos más enfocados, el jerárquico y el decisivo, tanto en liderazgo como en pensamiento. El gráfico parecía un duplicado de los resultados de Jack. 

Básicamente, el perfil de Jack, y en especial su perfil de liderazgo, se asemejaba al de un supervisor de la primera línea, no al de un alto ejecutivo. La mirada de Jack alternó una y otra vez entre el informe que sostenía en sus manos y el perfil en la pantalla de la computadora. En ese preciso momento cambió la expresión de su rostro, al igual que el tono del coaching. Jack pasó de sentirse atacado a buscar activamente feedback y orientación. Algunos años más tarde, las personas que se integraban al equipo de Norm se mostraban asombradas y escépticas cuando escuchaban historias acerca del “antiguo” Jack. Simplemente éstas no cuadraban con el líder cooperativo en el que Jack se había convertido. Para dar un ejemplo: cuando llegó el momento de realizar una importante renovación de las instalaciones de la empresa, Jack hizo todo lo posible para asegurar que el diseño final reflejara los aportes de muchos otros, no sólo los propios; algo que el antiguo Jack jamás habría hecho.

En otro caso, trabajamos con Phillip, un vicepresidente de grupo para un importante holding empresarial. Él era ampliamente considerado un ejecutivo brillante y de enorme creatividad, con un sobresaliente historial en cuanto al lanzamiento de nuevos productos y a la negociación de contratos innovadores. Sin embargo, Peter, el presidente y CEO, tenía dudas sobre el futuro de Phillip en la empresa. Estimaba que Phillip carecía de interés en los problemas del día a día, en los plazos y otros detalles operacionales, una opinión que era compartida por otros, como confirmó un perfil de 360 grados. Una evaluación del perfil de toma de decisiones de Phillip reveló que, si bien su estilo público –o de liderazgo– se alineaba en gran medida con los de altos ejecutivos exitosos, su estilo privado –o de pensamiento– era otra historia. Aunque sus altos índices en los estilos flexible e integrador eran plenamente consistentes con su imagen de pensador innovador y creativo, sus bajos índices en los estilos más enfocados –jerárquico y decisivo– reflejaban lo que Peter interpretaba como falta de atención a los asuntos operacionales.

La evaluación y el feedback de 360 grados obligaron a Phillip a renunciar a su argumento de que las inquietudes
de Peter eran exageradas. En su favor hay que decir que, una vez repuesto del impacto del feedback, Phillip se propuso como meta personal enfocar más su atención en los aspectos cotidianos de gestión y en resolver los problemas de manera oportuna. La última vez que indagamos, tanto Phillip como Peter informaron que su relación de trabajo había mejorado mucho.

Esto no siempre funciona tan bien. Glen, un ejecutivo de desarrollo de negocios, fue contratado por una empresa
de tuberías para aumentar las ventas. Era una persona muy inteligente y competente, con gran cantidad de experiencia relevante. Sin embargo, de algún modo Glen ascendió en la organización sin aprender cómo ser abierto y participativo en su estilo público de toma de decisiones. El problema se hizo evidente cuando, en una reunión del equipo ejecutivo, cada miembro fue invitado a compartir algunas historias sobre los mejores momentos de su carrera. La mayoría habló de ocasiones en las que trabajó con sus colegas para superar grandes desafíos, pero todas las historias de Glen relataban momentos en los que había prevalecido por sobre sus pares, o en los que había ganado a costa de otros. Recibió cuantioso feedback y su jefe le dio numerosas oportunidades para cambiar. Glen accedió a trabajar con un coach, pero durante las sesiones sólo se limitaba a
sentarse y sonreír, para luego volver a hacer las cosas tal como las había hecho siempre. Tras un feedback continuo y numerosas oportunidades, Glen fue despedido.

Otro ejecutivo, John, era vicepresidente senior de recursos humanos en una empresa que había atravesado un proceso de fusión. Inicialmente, la nueva organización retuvo a todos los ejecutivos de ambas empresas, pero estaba claro que en algún punto las filas tendrían que reducirse. John estaba plenamente consciente de que estaba compitiendo con otra persona por su puesto. Y era muy bueno en lo que hacía. Era proactivo y poseía excelentes sistemas que funcionaban como un reloj. El problema es que debían funcionar según su reloj, y John rechazaba los aportes de cualquier otra persona. Su estilo de toma de decisiones era marcadamente decisivo y jerárquico. En resumen, era sumamente competente, pero era un déspota. Y a diferencia de Glen, John ni siquiera aceptaba el coaching. Su contraparte de la otra organización, mientras tanto, tenía el perfil opuesto: era principalmente flexible e integrador y, por consiguiente, dispuesto a adaptarse a las ideas y preferencias de otros. Finalmente, anticipándose a lo que venía, John renunció. Sabía que perdería el trabajo si no modificaba su
estilo de decisión, pero no estaba dispuesto a cambiar. Su experiencia nos recuerda que existen dos fases en el proceso de coaching: identificar cuál es el problema e, igualmente importante, estar dispuesto a cambiar. Eso fue lo que permitió que Jack y Phillip mantuvieran sus empleos. 



Un enfoque de desarrollo basado en los estilos de decisión

La mayoría de las organizaciones ha implementado programas de desarrollo ejecutivo, y algunas poseen programas de múltiples niveles. Pero, por lo general, cada nivel se diferencia por la cantidad de capacitación que recibe, sin referencia a ningún cambio fundamental en la manera como los ejecutivos deben pensar y liderar. Estos programas no toman en cuenta las distintas demandas de comportamiento que acompañan a cada nivel de responsabilidad. De hecho, la mayoría de las empresas aún depende de esquemas de desarrollo ejecutivo y de planificación de la sucesión basados principalmente en las nociones de que “líderes son líderes” y “las personas competentes pueden manejar cualquier cosa”. De ahí el enfoque habitual de identificar a los empleados de alto potencial y brindarles una atención especial. Las empresas también elaboran a menudo listas de competencias de liderazgo –como visión estratégica, trabajo en equipo, foco en el cliente– bajo el supuesto de que esas competencias son las correctas para todos los empleados, en todos los niveles.

Nuestra investigación y experiencia nos dicen otra cosa. Para que el líder tenga éxito, su comportamiento y estilo deben evolucionar a lo largo de su carrera. Esta perspectiva se refleja en el enfoque de Bose Corporation para el desarrollo ejecutivo. La empresa utiliza un modelo de tres niveles: uno para los ejecutivos de la primera línea, otro para los ejecutivos de nivel medio y superior, y un tercero para los altos ejecutivos. Con una mejor comprensión de cómo evolucionan los comportamientos y estilos, los encargados de supervisar la gestión del talento –cuyo trabajo es atraer, seleccionar y desarrollar a los ejecutivos de alto desempeño– pueden generar una imagen clara de las responsabilidades y tareas clave en cada nivel. Luego pueden elaborar un modelo que describa las competencias requeridas y establecer una manera de evaluar el grado en el que cada ejecutivo posee esas competencias (vea el recuadro “Una hoja de ruta para el desarrollo y la planificación de la sucesión”).

Incluso el más rudimentario mapa de desarrollo deja en claro a los ejecutivos en ascenso que lo que les espera a futuro es un terreno nuevo, con desafíos que son muy diferentes –en algunos casos, opuestos– a los que han
enfrentado en el pasado. Les muestra que confiar en los logros y hábitos del pasado no es una garantía de éxito;
de hecho, podría ser el camino al fracaso. Para las organizaciones, un mapa como éste puede alterar el concepto de “alto potencial” y, en consecuencia, el modo en que los empleados de alto potencial son seleccionados, evaluados y desarrollados. Dicho en términos simples, el alto desempeño temprano es un indicador útil del éxito futuro, pero de ninguna manera es el único. 


Graficar los estilos de decisión

A medida que un individuo asciende desde supervisor de primera línea a gerente de otros ejecutivos, director, vicepresidente y, finalmente, máximo ejecutivo, su enfoque de toma de decisiones evoluciona según un patrón predecible. Analizamos los perfiles de decisión de más de 120.000 gerentes y ejecutivos y trazamos la preponderancia de cada estilo en cinco niveles ejecutivos (los gráficos reflejan distintas personas en diferentes niveles, no las mismas personas a lo largo de sus carreras).


Estilos de liderazgo. Cuando se trata de tomar decisiones en público, los estilos de los altos ejecutivos son el opuesto exacto de los estilos de los ejecutivos en niveles inferiores. El estilo decisivo, que combina el uso de mínima información con una única alternativa, predomina entre los supervisores de primer nivel pero es casi inexistente entre los altos ejecutivos. De manera similar, el estilo flexible, dinámico y de foco múltiple, es adoptado por muchos altos ejecutivos, pero es el menos frecuente entre los supervisores. 

El estilo jerárquico (mucha información, una alternativa) es el segundo más utilizado entre los supervisores de la primera línea; su uso decae a lo largo de la carrera de un ejecutivo y reaparece ligeramente en los niveles ejecutivos más altos. Y el estilo integrador, al que tanto recurren los altos ejecutivos, casi no existe entre los ejecutivos de rango más bajo (vea el gráfico 1).

En el segundo nivel ejecutivo, los estilos están estrechamente agrupados, sin que ninguno de ellos domine al resto, antes de bifurcarse nuevamente en la dirección opuesta. Denominamos a esto la zona de convergencia, el punto en el cual los ejecutivos comienzan a comprender que los enfoques de toma de decisiones que antes les funcionaron bien están volviéndose cada vez menos eficaces.

Este patrón se vuelve aún más marcado al observar los estilos de los ejecutivos de más alto desempeño (empleamos el salario como variable representativa del éxito; un indicador imperfecto, pero las organizaciones sí tienden a pagar más a los mejores ejecutivos). Una vez más observamos un momento de cruce, que los ejecutivos más exitosos alcanzan un poco más temprano que el promedio. Esto podría ser un indicador de que son más rápidos en percibir la necesidad de nuevos comportamientos en sus nuevos puestos (gráfico 2). Los ejecutivos menos exitosos –el 20% inferior de nuestra base de datos en términos de ingresos– comienzan de manera muy similar a los demás, pero no continúan evolucionando y sus estilos de liderazgo permanecen agrupados en una “zona de incertidumbre” (vea el gráfico 3).




Estilos de pensamiento. Al analizar la faceta privada de la toma de decisiones, observamos que las características que prevalecen en cada nivel son muy diferentes de aquellas en la modalidad de liderazgo. Los dos estilos analíticos y maximizadores –el integrador y el jerárquico– aumentan progresivamente y luego se fusionan en el nivel de altos ejecutivos (vea el gráfico 4). El estilo decisivo, orientado a la acción, comienza con un promedio bajo y básicamente se mantiene ahí con un ligero aumento en el nivel ejecutivo más alto. El estilo flexible, que en los gráficos de liderazgo exhibió un drástico incremento, aquí cae notablemente.

Entre los ejecutivos de mejor desempeño, el patrón cambia (vea el gráfico 5). Al nivel de director, los opuestos polares, el estilo decisivo (poca información, una alternativa) y el estilo integrador (mucha información, muchas alternativas) alcanzan su máxima distancia entre sí. Pareciera ser que los directores tienen la mayor necesidad de un pensamiento exploratorio y creativo y ponen el menor énfasis en el pensamiento enfocado y en la elección de un solo curso de acción. 

Los estilos de pensamiento del 20% menos exitoso, expresados en el gráfico 6, siguen la misma clase de patrón tipo embudo que se observa en los gráficos de liderazgo. En los niveles de entrada los cuatro estilos se diferencian ampliamente entre sí y luego se condensan en los niveles ejecutivos superiores. Una vez más, pareciera que los gerentes y ejecutivos menos exitosos se percatan tardíamente de la naturaleza distinta de los requerimientos de sus nuevos puestos y, al tomar conciencia de que sus métodos antiguos ya no dan buenos resultados, caen en una cierta confusión



¿Una cultura ejecutiva global?

La base de datos que empleamos para nuestra investigación global incluyó una muestra de más de 180.000 gerentes y ejecutivos en cuatro continentes. Cuando comparamos a Europa, Asia y América Latina, esperábamos observar algún impacto cultural en los estilos de liderazgo y pensamiento. Y sí apreciamos diferencias en cuanto a qué estilos predominaban en los diferentes niveles ejecutivos (por ejemplo, los ejecutivos asiáticos del nivel de entrada mostraron una mayor inclinación por el estilo de liderazgo decisivo que sus colegas de otras regiones; los latinoamericanos se distinguieron por aplicar un estilo cada vez más flexible a medida que avanzaban en sus carreras). Sin embargo, cuando analizamos cada región por dentro, comparando sólo entre personas de la misma región, nos sorprendió encontrar la misma progresión básica en los estilos tanto de liderazgo como de pensamiento. Observamos una vez más el punto de transición en que los perfiles de estilo dan un vuelco en torno a los niveles ejecutivos intermedios. A pesar de las diferencias de grado, los estilos en amplia medida siguieron la misma trayectoria en los cuatro continentes